Perseverancia

perseverancia “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.” (Lc. 21, 19) Con qué bella invitación a la confianza, al abandono, a la tranquilidad… finaliza el texto evangélico de hoy, último domingo ordinario del año litúrgico.

Dios nos tiene cogidos entre sus brazos, nos lleva en las palmas de la mano, nos cobija en su regazo de Padre… Nada de cuanto nos acontece le es extraño, desconocido. ¿Qué nos pide a cambio? Simplemente perseverar.

Perseverar: ser constantes en el seguimiento del camino iniciado, afianzar nuestra voluntad de vivir en su presencia, empeñarnos en alcanzar la meta a la que El nos llama.

Todo esto me acerca, irremediablemente, a la figura de nuestra Madre Juana María. ‘Firme tesón’ se titula una de sus biografías. Sí, ella fue una mujer firme, decidida, constante, perseverante; una mujer que no cejó en su deseo de vivir con coherencia, de entregarse oblativamente, de transparentar el amor de Dios… Fue una mujer que, con elegante firmeza, mostró a cuantos se oponían a que su proyecto viera la luz que éste estaba escrito con los trazos indelebles del Espíritu, rubricado con el sello imborrable de la presencia amorosa y entrañable de María Inmaculada, e inscrito en el corazón de Jesús del que emanaba la firmeza y seguridad que ella tenía en que lo suyo era ‘cosa de Dios’…

Hoy, más de cien años después, me cuestiono qué hemos hecho con la herencia recibida, con el legado que nos dejó, con su testamento espiritual: la certeza inmensurable de que Dios acompaña, impulsa y guía cada uno de nuestros pasos. ¿Dónde queda en nosotras ese abandono en Dios que tanto la caracterizó a ella? ¿Dónde la oración permanente, el servicio inquebrantable, la entrega radical?

‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’ , nos dice Jesús hoy.
¡He ahí nuestro reto! Perseverar, caminar sin desfallecer, permanecer firmes. Orar incesantemente.
Sí. Orar, porque en el encuentro orante con Dios se fraguan nuestros sueños más audaces, nuestros deseos más sinceros, los anhelos más íntimos de nuestro corazón…

Agradecer

agradecerEl Evangelio de hoy, domingo XXVIII del tiempo ordinario, nos habla de la gratitud. De los 10 leprosos curados sólo uno desanda el camino avanzado para agradecer a Jesús su curación. Me llama la atención la respuesta de Jesús: ‘Tu fe te ha curado’… Jesús no se atribuye el mérito de la sanación, aunque ha sido El quien ha obrado el milagro. Muchas veces me he preguntado qué pasó con los otros 9 que no fueron capaces de volver la mirada con gratitud hacia aquel a quien clamaban en su enfermedad: ¿se curarían? o ¿recaerían?

Creo que el verdadero milagro no es tanto la sanación física como la espiritual, el ser capaces de acoger con gratitud y gratuidad el don de Dios, lo que El obra en cada uno de nosotros. Pienso que Dios actúa continuamente en nuestra vida, que va obrando pequeños ‘milagros’ en nosotros, que va transformándonos a su imagen… Solo que a menudo no nos paramos a descubrir su acción sanadora, vivificante, reconciliadora. Muchas veces su actuar es a través de los pequeños contratiempos, los minúsculos reveses de la vida; se manifiesta en medio de las dificultades y obstáculos de nuestro caminar cotidiano. Quizás, como le pasó al leproso, sólo somos capaces de reconocer su acción en nuestra vida cuando la palpamos con nuestras manos y la vemos con nuestros ojos. A menudo somos un poco como Tomás: ‘si no veo… si no toco… no creo’ (cf. Jn 20, 25), y ¡cuántas cosas acontecen en nosotros que ni se tocan ni se ven…!

El evangelio de hoy nos hace una llamada apremiante a avivar en nosotros la capacidad de agradecer, de mirar la vida con ojos nuevos, de vivir con las manos extendidas para acoger la continua acción de Dios en nuestro interior. La flor del cactus que contemplas solo vive un día, pero da lo mejor de sí: su belleza gestada en el interior de su tronco.

Y es que el verdadero milagro se produce en nuestro interior, la auténtica curación es la del corazón. Un corazón sano, renovado, iluminado por la gracia es el que nos ayuda a afrontar la vida de cada día, aceptando las limitaciones, los sinsabores, las desventuras…, pero sobre todo agradeciendo los dones, los favores, las gracias… agradeciendo la cotidianeidad de la vida.

¿Te animas a vivir con talante agradecido?

Renovación

pilaaguaEs quizás esta pequeña ‘pila de agua bendita’ el único testigo que queda de la primera profesión pública perpetua en nuestra Congregación. Está muy lejano en el tiempo aquel 8 de septiembre de 1911 en el que la Madre Juana María, junto a 18 hermanas, emitió sus votos perpetuos públicamente en la Capilla de la Casa Noviciado de Burjassot. Públicamente porque su corazón desde siempre era de y para Dios por toda la eternidad. Al menos eso es lo que podemos vislumbrar al contemplar su vida. Una vida que sólo tenía sentido desde Dios…

Nosotras, año tras año, hacemos memoria de dicho acontecimiento, renovando, simbólicamente, nuestros votos. Este año dedicado a nuestra Madre Juana María (por celebrar el Centenario de su partida hacia la Casa del Padre) recordar y celebrar dicho acontecimiento remueve mi interior y me invita a releer su vida:

  • Se fue de aquí muy joven, porque muy joven se adentró en la aventura del seguimiento radical de Jesús.
  • Abrazó con amor la Cruz que Jesús había diseñado para ella: orfandad, incomprensión, dudas, larga espera, enfermedad… hasta entregar la vida dando vida.
  • Vivió en plenitud los votos profesados: la pobreza, como un acto de desprendimiento (sus bienes y su persona); la virginidad, amando gratuita y oblativamente a las desheredadas de la historia; la obediencia, aceptando la mediación humana del cardenal Monescillo que tantas trabas puso a sus planes.
  • Creyó en la fraternidad como modo de vida para desempeñar su proyecto.
  • Contagió con gran celo apostólico y entusiasmo a otras jóvenes que se unieron a ella para dar vida al carisma que el Espíritu suscitó en su corazón.

Hoy, al renovar los votos, me dejo llevar por el recuerdo y pienso en ella que tanto luchó, se esforzó y soñó con ser de Dios y para Dios, y le dejo cuestionarme: ¿dónde pongo yo el acento en mi vida? ¿es Dios el eje vertebrador de mi existencia como lo fue de la suya? ¿en qué me empeño yo día tras día…?

En este 8 de septiembre te pido, Madre Juana María, por todas tus hijas que queremos seguir tus huellas y prolongar tu carisma en la historia: contágianos con tu entusiasmo, enciende nuestro corazón con tu ardor, y haznos desear ser de Dios como lo fuiste tú.

Humildad

san-juan-bautistaHoy la Iglesia celebra la natividad de san Juan Bautista y, entre las lecturas de la liturgia de hoy hay una frase referida a él que siempre que la leo me hace pensar: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” (Hch 13, 25)

Me sorprende y cautiva la humildad de Juan. Podría ‘presumir’, enorgullecerse, de haber sido él el primero en encontrarse con Jesús, en desvelar su grandeza, en identificarlo como el Señor… Podría poner el acento en su nacimiento excepcional, en la visita que Jesús (en el seno de María) hizo a su madre Isabel, en el tiempo que ambas mujeres (llevándoles a ellos en las entrañas) compartieron, en la relevancia de su padre Zacarías, sacerdote del templo de Jerusalén… Y, sin embargo, Juan sólo se fija en el Otro, en quien es Jesús.

Juan pone el acento de su vida en Jesús. Su programa de vida fue menguar para que Jesús creciera, anunciar al Mesías y silenciarse, señalar al Hijo de Dios y ocultarse. Juan fue un hombre humilde, un hombre que supo desempeñar muy bien su misión, y una vez cumplida retirarse, dejar paso; Juan fue un hombre evangélico.

¡Cuánto debemos aprender de él! Como personas, como cristianas y como religiosas… Muchas de nosotras no somos importantes, no tenemos grandes títulos, no ocupamos cargos relevantes, no hacemos grandes cosas… Pero nos gusta (igual me equivoco en mis apreciaciones) estar cerca de quienes son importantes, preciarnos de conocer a tal o cual persona, presumir de saber algunas cosas. Nos sentimos y creemos humildes porque reconocemos nuestras debilidades, sabemos nuestros límites, vivimos sencillamente, no somos importantes… pero en nuestras apreciaciones diarias y cotidianas nos sentimos grandes por estar con, vivir junto, conocer a estas personas. Y lo más grande de nuestra vida, la clave en la que debemos vivir es la de la sencillez, el servicio, la humildad…

Juan no se sintió grande por conocer a Jesús; tal vez por eso dijo Jesús de él que ‘no había nacido de mujer nadie más grande que Juan el Bautista’ (cf. Mt 11, 11). Juan se sintió pequeño, frágil, limitado… Cuando Jesús comenzó su misión, sintió que debía menguar por completo para que Jesús creciera.

¿Y nosotras? ¿Estamos dispuestas a menguar para que Jesús crezca? ¿Sentimos que es El quien debe prevalecer, a quien debemos proclamar en nuestro apostolado? A menudo en la vida religiosa tendemos a engrandecer nuestras obras, nuestras acciones, nuestra pastoral, pero hablamos poco de Jesús, le damos poco a conocer. Nos falta la humildad de Juan Bautista para dejar que El (Jesús) sea quien resplandezca, nos duele menguar para que sea El quien crezca, nos cuesta sentir que tal vez lo único que debemos hacer es desatarle las sandalias, que no es otra cosa más que servir con y por amor.

He ahí nuestro reto: vivir en clave de humildad evangélica. ¡Enséñanos Juan a enaltecer a Jesús como bien lo supiste hacer tú!

Agobiarse

flores

¿Por qué os agobiáis? nos pregunta Jesús en el relato del Evangelio de hoy. Sí, ¿por qué nos agobiamos por: el alimento, la salud, el vestido… la vida? Si, como dice El, nadie podemos añadir una hora al tiempo de nuestra vida, ¿de qué nos sirven los agobios, los afanes, las fatigas…?

Ante la lectura de este texto me vienen a la mente las desventuras de los refugiados, los inmigrantes: el éxodo masivo de miles, millones de personas, la salida forzosa de su tierra, el abandono de sus raíces, el arriesgar la vida… Son muchos los que se quedan en el camino, los que pierden su vida en el intento de alcanzar un futuro: un hogar, un pedazo de pan, un trabajo digno… También son muchos los que llegan a las puertas de la meta y ven que éstas se les cierran, que no hay sitio para ellos…

Me cuestiono continuamente qué nos está pasando a quienes lo tenemos ‘todo’; algo se remueve en mi interior cuando veo estas imágenes y me descubro sentada apaciblemente como mera espectadora; sí, no puedo, ni quiero, ni debo, permanecer indiferente ante tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta injusticia… Mas no sé qué puedo hacer… Confieso en estas líneas, a quienes seguís este blog, mi impotencia.

Quisiera expresarles a todos los que se ven obligados (por unas u otras circunstancias: guerra, hambre, desempleo, explotación, opresión…) a dejar sus países unas palabras de aliento, tener hacia ellos gestos de solidaridad, tenderles una mano y abrirles la puerta de mi/nuestra casa pero sobretodo de mi corazón, mirarles con ternura, escucharles con amor… Quiero que despierte en mí la necesidad de la compasión, del padecer-con, del ponerme en su lugar y dejar de agobiarme (algunas veces lo estoy) por el mañana, por el alimento, por el vestido… Ellos quizás no tengan un mañana, puede que anden desnudos y ni siquiera tengan un mendrugo de pan para comer… Quisiera decirles que ‘nuestro Padre celestial sabe lo que necesitan y vela por ellos’, pero sé que el velar de Dios es a través de mí y de tí, que El necesita mis manos, mis pies, mis palabras… para cubrir sus necesidades.

Los lirios del campo son engalanados por Dios cada mañana. Cada día me siento regalada por su gracia, ¿qué más puedo pedir?

En mi oración me comprometo a tener presentes a todos los desplazados, a todos los que tienen mil motivos para andar agobiados, y quizás las mismas desventuras que viven les impiden siquiera tener agobios. ¿Te animas a rezar conmigo?

Hacerse pan

panSin duda alguna hoy Jesús nos invita a la vida consagrada a hacernos pan. A ser como el pan que se parte y se reparte, pan que se entrega a los demás, que se multiplica al dividirse, al compartirse, al repartirse. Pan que adquiere su sabor en la entrega oblativa, generosa, desprendida. Pan que sacia el hambre, que alimenta el cuerpo y alienta el espíritu.

En esta fiesta del ‘Corpus’, en que conmemoramos de un modo especial y particular la Eucaristía, el ‘hacerse pan’ de Jesús, su entrega por amor, somos invitadas a reproducir en nuestra historia personal, comunitaria y congregacional, el milagro de la multiplicación de los panes.

Me llama la atención en este relato el gesto de la bendición que hace Jesús sobre los panes antes de partirlos y repartirlos. La fuerza del relato (para mí) está en la bendición que hace posible la multiplicación. Jesús nos invita a vivir nuestra vida en clave de bendición para podernos multiplicar. Y… ¿dónde expresar mejor esa bendición que en la comunidad?

Para poder saciar el hambre de la multitud, Jesús les invita a sentarse en grupos, les invita a hacer comunidad, porque en la comunidad la calidad del pan se enriquece, adquiere el sabor de los dones de cada hermano/a; en la comunidad, al bendecirnos mutuamente y bendecir el pan, se multiplican nuestras fuerzas, se amasan nuestras vidas y se cuece una hogaza capaz de saciar el hambre, el hambre de pan, de calor, de esperanza, el hambre de Dios que (quizás sin saberlo) tiene nuestro mundo; en la comunidad, al poner cada una sobre la mesa nuestra vida en clave de bendición, de gratuidad, de oblación, va creciendo y enriqueciéndose la masa y adquiriendo la capacidad de multiplicarse, para poder partirse y repartirse, como hizo Jesús.

Hagámonos pan como Jesús, entregando la vida en clave de Eucaristía, de acción de gracias, de bendición. Partamos y repartamos nuestras vidas como el pan que, al dividirse, al compartirse, se multiplica.

Geperudeta

marededeu Ayer fui a visitar a nuestras hermanas ‘mayores’; me acompañaba una hermana que hace poco se incorporó a nuestra comunidad después de estar varios años misionando en Chile. Hacía tiempo que ella no veía a estas hermanas; algunas de las cuales cuando ella se fue estaban aún en activo.

Fue emotivo el reencuentro: el abrazo fraterno y sincero que se dieron, las sonrisas que iluminaban sus rostros, las palabras evocadoras de momentos del pasado que pronunciaron… Para todas ha  pasado los años (también para mí). Sus cuerpos están fatigados, sus fuerzas gastadas; sus pasos son lentos, las voces apenas se oyen; pero las sonrisas ilusionadas por el encuentro y las miradas de ternura al contemplar sus cuerpos ya derrotados por la entrega de la vida día tras día en la misión encomendada, me hizo sentir reconfortada; fue como un bálsamo restaurador de la fatiga acumulada y un experimentar que la vida vivida con intensidad (como la han vivido estas Hermanas) ¡vale la pena!…

Sus cuerpos me recuerdan a menudo a la Geperudeta, la patrona de Valencia, la Mare de Deu dels Desamparats. Están inclinados hacia delante como esta bella imagen, que hoy honran los valencianos; ellas han mirado tanto en sus vidas por los otros, por las otras: las obreras, las niñas, las ‘chicas’ de las Residencias, la gente del pueblo… que ya el cuerpo las lleva, como por inercia, a la entrega, al servicio, al darse. Darse generosamente, servir hasta el último momento, entregarse oblativamente…

Fue un día emotivo que ensanchó mi corazón; y una vez más, al verlas desgranar sus vidas en la oración de la tarde, todas juntas sentadas ante el Sagrario y unidas en la plegaria, bajo la atenta mirada de María Inmaculada, sentí que la vida solo tiene sentido si se entrega, si se da, si es para los demás.

¡Gracias, Hermanas! Que vuestros cuerpos inclinados, como el de la Geperudeta, sigan siendo ejemplo y estímulo para cada una de nosotras para que vivamos dando vida, entregándonos sin medida…