Humildad

san-juan-bautistaHoy la Iglesia celebra la natividad de san Juan Bautista y, entre las lecturas de la liturgia de hoy hay una frase referida a él que siempre que la leo me hace pensar: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” (Hch 13, 25)

Me sorprende y cautiva la humildad de Juan. Podría ‘presumir’, enorgullecerse, de haber sido él el primero en encontrarse con Jesús, en desvelar su grandeza, en identificarlo como el Señor… Podría poner el acento en su nacimiento excepcional, en la visita que Jesús (en el seno de María) hizo a su madre Isabel, en el tiempo que ambas mujeres (llevándoles a ellos en las entrañas) compartieron, en la relevancia de su padre Zacarías, sacerdote del templo de Jerusalén… Y, sin embargo, Juan sólo se fija en el Otro, en quien es Jesús.

Juan pone el acento de su vida en Jesús. Su programa de vida fue menguar para que Jesús creciera, anunciar al Mesías y silenciarse, señalar al Hijo de Dios y ocultarse. Juan fue un hombre humilde, un hombre que supo desempeñar muy bien su misión, y una vez cumplida retirarse, dejar paso; Juan fue un hombre evangélico.

¡Cuánto debemos aprender de él! Como personas, como cristianas y como religiosas… Muchas de nosotras no somos importantes, no tenemos grandes títulos, no ocupamos cargos relevantes, no hacemos grandes cosas… Pero nos gusta (igual me equivoco en mis apreciaciones) estar cerca de quienes son importantes, preciarnos de conocer a tal o cual persona, presumir de saber algunas cosas. Nos sentimos y creemos humildes porque reconocemos nuestras debilidades, sabemos nuestros límites, vivimos sencillamente, no somos importantes… pero en nuestras apreciaciones diarias y cotidianas nos sentimos grandes por estar con, vivir junto, conocer a estas personas. Y lo más grande de nuestra vida, la clave en la que debemos vivir es la de la sencillez, el servicio, la humildad…

Juan no se sintió grande por conocer a Jesús; tal vez por eso dijo Jesús de él que ‘no había nacido de mujer nadie más grande que Juan el Bautista’ (cf. Mt 11, 11). Juan se sintió pequeño, frágil, limitado… Cuando Jesús comenzó su misión, sintió que debía menguar por completo para que Jesús creciera.

¿Y nosotras? ¿Estamos dispuestas a menguar para que Jesús crezca? ¿Sentimos que es El quien debe prevalecer, a quien debemos proclamar en nuestro apostolado? A menudo en la vida religiosa tendemos a engrandecer nuestras obras, nuestras acciones, nuestra pastoral, pero hablamos poco de Jesús, le damos poco a conocer. Nos falta la humildad de Juan Bautista para dejar que El (Jesús) sea quien resplandezca, nos duele menguar para que sea El quien crezca, nos cuesta sentir que tal vez lo único que debemos hacer es desatarle las sandalias, que no es otra cosa más que servir con y por amor.

He ahí nuestro reto: vivir en clave de humildad evangélica. ¡Enséñanos Juan a enaltecer a Jesús como bien lo supiste hacer tú!

Agobiarse

flores

¿Por qué os agobiáis? nos pregunta Jesús en el relato del Evangelio de hoy. Sí, ¿por qué nos agobiamos por: el alimento, la salud, el vestido… la vida? Si, como dice El, nadie podemos añadir una hora al tiempo de nuestra vida, ¿de qué nos sirven los agobios, los afanes, las fatigas…?

Ante la lectura de este texto me vienen a la mente las desventuras de los refugiados, los inmigrantes: el éxodo masivo de miles, millones de personas, la salida forzosa de su tierra, el abandono de sus raíces, el arriesgar la vida… Son muchos los que se quedan en el camino, los que pierden su vida en el intento de alcanzar un futuro: un hogar, un pedazo de pan, un trabajo digno… También son muchos los que llegan a las puertas de la meta y ven que éstas se les cierran, que no hay sitio para ellos…

Me cuestiono continuamente qué nos está pasando a quienes lo tenemos ‘todo’; algo se remueve en mi interior cuando veo estas imágenes y me descubro sentada apaciblemente como mera espectadora; sí, no puedo, ni quiero, ni debo, permanecer indiferente ante tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta injusticia… Mas no sé qué puedo hacer… Confieso en estas líneas, a quienes seguís este blog, mi impotencia.

Quisiera expresarles a todos los que se ven obligados (por unas u otras circunstancias: guerra, hambre, desempleo, explotación, opresión…) a dejar sus países unas palabras de aliento, tener hacia ellos gestos de solidaridad, tenderles una mano y abrirles la puerta de mi/nuestra casa pero sobretodo de mi corazón, mirarles con ternura, escucharles con amor… Quiero que despierte en mí la necesidad de la compasión, del padecer-con, del ponerme en su lugar y dejar de agobiarme (algunas veces lo estoy) por el mañana, por el alimento, por el vestido… Ellos quizás no tengan un mañana, puede que anden desnudos y ni siquiera tengan un mendrugo de pan para comer… Quisiera decirles que ‘nuestro Padre celestial sabe lo que necesitan y vela por ellos’, pero sé que el velar de Dios es a través de mí y de tí, que El necesita mis manos, mis pies, mis palabras… para cubrir sus necesidades.

Los lirios del campo son engalanados por Dios cada mañana. Cada día me siento regalada por su gracia, ¿qué más puedo pedir?

En mi oración me comprometo a tener presentes a todos los desplazados, a todos los que tienen mil motivos para andar agobiados, y quizás las mismas desventuras que viven les impiden siquiera tener agobios. ¿Te animas a rezar conmigo?

Hacerse pan

panSin duda alguna hoy Jesús nos invita a la vida consagrada a hacernos pan. A ser como el pan que se parte y se reparte, pan que se entrega a los demás, que se multiplica al dividirse, al compartirse, al repartirse. Pan que adquiere su sabor en la entrega oblativa, generosa, desprendida. Pan que sacia el hambre, que alimenta el cuerpo y alienta el espíritu.

En esta fiesta del ‘Corpus’, en que conmemoramos de un modo especial y particular la Eucaristía, el ‘hacerse pan’ de Jesús, su entrega por amor, somos invitadas a reproducir en nuestra historia personal, comunitaria y congregacional, el milagro de la multiplicación de los panes.

Me llama la atención en este relato el gesto de la bendición que hace Jesús sobre los panes antes de partirlos y repartirlos. La fuerza del relato (para mí) está en la bendición que hace posible la multiplicación. Jesús nos invita a vivir nuestra vida en clave de bendición para podernos multiplicar. Y… ¿dónde expresar mejor esa bendición que en la comunidad?

Para poder saciar el hambre de la multitud, Jesús les invita a sentarse en grupos, les invita a hacer comunidad, porque en la comunidad la calidad del pan se enriquece, adquiere el sabor de los dones de cada hermano/a; en la comunidad, al bendecirnos mutuamente y bendecir el pan, se multiplican nuestras fuerzas, se amasan nuestras vidas y se cuece una hogaza capaz de saciar el hambre, el hambre de pan, de calor, de esperanza, el hambre de Dios que (quizás sin saberlo) tiene nuestro mundo; en la comunidad, al poner cada una sobre la mesa nuestra vida en clave de bendición, de gratuidad, de oblación, va creciendo y enriqueciéndose la masa y adquiriendo la capacidad de multiplicarse, para poder partirse y repartirse, como hizo Jesús.

Hagámonos pan como Jesús, entregando la vida en clave de Eucaristía, de acción de gracias, de bendición. Partamos y repartamos nuestras vidas como el pan que, al dividirse, al compartirse, se multiplica.

Geperudeta

marededeu Ayer fui a visitar a nuestras hermanas ‘mayores’; me acompañaba una hermana que hace poco se incorporó a nuestra comunidad después de estar varios años misionando en Chile. Hacía tiempo que ella no veía a estas hermanas; algunas de las cuales cuando ella se fue estaban aún en activo.

Fue emotivo el reencuentro: el abrazo fraterno y sincero que se dieron, las sonrisas que iluminaban sus rostros, las palabras evocadoras de momentos del pasado que pronunciaron… Para todas ha  pasado los años (también para mí). Sus cuerpos están fatigados, sus fuerzas gastadas; sus pasos son lentos, las voces apenas se oyen; pero las sonrisas ilusionadas por el encuentro y las miradas de ternura al contemplar sus cuerpos ya derrotados por la entrega de la vida día tras día en la misión encomendada, me hizo sentir reconfortada; fue como un bálsamo restaurador de la fatiga acumulada y un experimentar que la vida vivida con intensidad (como la han vivido estas Hermanas) ¡vale la pena!…

Sus cuerpos me recuerdan a menudo a la Geperudeta, la patrona de Valencia, la Mare de Deu dels Desamparats. Están inclinados hacia delante como esta bella imagen, que hoy honran los valencianos; ellas han mirado tanto en sus vidas por los otros, por las otras: las obreras, las niñas, las ‘chicas’ de las Residencias, la gente del pueblo… que ya el cuerpo las lleva, como por inercia, a la entrega, al servicio, al darse. Darse generosamente, servir hasta el último momento, entregarse oblativamente…

Fue un día emotivo que ensanchó mi corazón; y una vez más, al verlas desgranar sus vidas en la oración de la tarde, todas juntas sentadas ante el Sagrario y unidas en la plegaria, bajo la atenta mirada de María Inmaculada, sentí que la vida solo tiene sentido si se entrega, si se da, si es para los demás.

¡Gracias, Hermanas! Que vuestros cuerpos inclinados, como el de la Geperudeta, sigan siendo ejemplo y estímulo para cada una de nosotras para que vivamos dando vida, entregándonos sin medida…

 

María, mujer

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Un año más el mes de mayo nos acerca a la figura de María, la Mujer por excelencia, la Madre por gracia de Dios.

Acercarnos a Ella es una manera de palpar, tocar, acariciar, nuestra realidad de criaturas, creadas por un designio de amor de Dios Padre.

Contemplar a María es aproximarnos a la grandeza que puede llegar a vivir, gustar y gozar la persona cuando es capaz de responder con fidelidad, presteza y alegría a la llamada de Dios.
La fragilidad, la humildad, la pequeñez, son en María motivo de gratitud y gratuidad: ‘Engrandece mi alma al Señor… porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava’. (cf. Lc 1, 46.48)

Sí, Dios se fija en los pequeños detalles, en las búsquedas sinceras, en las respuestas coherentes. Dios se fija en la limpieza del alma, en la pobreza de espíritu, en la mansedumbre del corazón. Dios ha encontrado en María a la Mujer con la que El soñó para ser Madre de su Hijo; Dios ha descubierto en María un corazón libre para amarle sin condiciones; Dios ha visto en María un espejo en el que poder reflejarse.

En este mes de mayo, que iniciamos con la fiesta de San José Obrero y concluiremos con la Visitación de María a Isabel, María quiere acompañar nuestro camino, nuestra misión, nuestro trabajo: el camino de búsqueda de la voluntad de Dios para nuestro cotidiano vivir y de respuesta fiel, sincera y coherente a nuestra propia vocación; la misión de ser sus testigos en medio de una sociedad que necesita voces que interpelen y muestren que lo pequeño y frágil, lo humilde y sencillo, tiene valor; el trabajo, que cada uno desempeña, hecho con amor, para colaborar en la construcción de un mundo más justo, más humano, más fraterno.

María sostiene nuestros pasos vacilantes; infunde su aliento en nuestras vidas, a veces desorientadas; estimula nuestra respuesta al proyecto que Dios tiene para nosotras.

María es la Mujer libre y liberadora. Es la Madre en cuyas entrañas se gestan la cercanía y la ternura de un Dios amor. Es el modelo a seguir…

Acércate a Ella confiadamente en este mes… no podrás dejar de hacerlo en los siguientes.

Enjugar las lágrimas

obrerasLa lectura del libro del Apocalipsis del 5º domingo de Pascua expresa muy bellamente la acción misericordiosa de Dios: ‘Dios enjugará toda lágrima de sus ojos’; calmará todo el llanto de su pueblo, estará con ellos, pondrá su morada entre ellos, será su Dios… Es una bella invitación a la tranquilidad, al sosiego, al descanso del alma. De alguna manera Dios se está mostrando al pueblo como un Padre cercano, cariñoso, acogedor… un Padre que se desvela por sus hijos, que quiere que pongan en El toda su confianza, que acoge todas sus preocupaciones, sus anhelos, sus desvelos.

De alguna manera me acerca esta frase a la figura de la Madre Juana Maria. Ella también quería enjugar las lágrimas de las obreras, mitigar su fatiga, aliviar su cansancio. Ella quiso ser para las mujeres trabajadoras ese bálsamo restañador de las heridas con que las duras condiciones laborales, el injusto trato de los patronos, los peligros del camino iban lacerando sus vidas. Y, como dice el evangelista de Dios, Juana María quiso estar con ellas, poner su morada entre ellas, ser su ‘madre’.

Hoy, más de cien años después que ella comenzará a escribir esta historia de ternura y compasión, de amor y misericordia, me pregunto cómo estamos administrando la herencia recibida de ella, cómo estamos dando vida al carisma que el Espíritu infundió en su corazón, cómo vamos enjugando las lágrimas, aliviando el cansancio, acogiendo la fatiga de las mujeres que día tras día llegan hasta nuestra casa buscando ese remanso de paz, ese espacio de sosiego, ese abrazo de ternura…

Quizás son pocos y pequeños los granos de arena que aportamos a la construcción del Reino, tal vez sigamos mediocremente las huellas de esta gran mujer, posiblemente algunas veces dejemos de enjugar algunas lágrimas, pero … en el día a día de mi vida cotidiana percibo en mis Hermanas vivo y despierto el deseo de acoger y acompañar, de escuchar y aconsejar, de vendar y cicatrizar las heridas; descubro el anhelo de ser ‘madres’ que se desvelan por los pequeños, frágiles y desheredados de la tierra.

¡Animo! Si Dios está con los pequeños, también está con nosotras; si la Madre Juana María acompañó a las obreras también hoy nos acompaña a nosotras; si queremos enjugar lágrimas no faltará quien necesite nuestro abrazo maternal…

A tí que hoy lees estas líneas te digo: ¿te animas a unirte a nuestro proyecto?

Lávame

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Amando hasta el extremo, entregando tus entrañas en una toalla y un lebrillo. ¡Qué bien expresa la canción el sentido de Tu vida!

Tu vida entregada tiene el sentido de la entrega por amor, del servicio desinteresado, del desprendimiento más absoluto, del agarrarte con firmeza a lo único fundamental: el Padre, de quien te sientes Hijo querido, y por quien te haces ‘Hermano’… Hermano mío y hermano de todos. Hermano mío que muchas veces no te correspondo, que a veces te olvidó, que otras te ignoro. Hermano mío aunque a veces me cueste seguirte, comprenderte, amarte.

Hermano mío cuya vida me cuestiona y me impulsa a ser ‘hermana’ de todos y de todas; me invitas a coger entre mis manos la toalla y el lebrillo: para acariciar con ternura el dolor de tantas vidas desgarradas por la falta de trabajo, de cariño, de amistad; para regar con mis lágrimas el cansancio y la fatiga de largas e injustas jornadas de trabajo; para envolver con misericordia las fragilidades y debilidades mías y de mis hermanas…

‘Hermano’ mío, hoy me postro ante tus pies queriendo ser yo quien te los lave, pero con la certeza de que si Tu no lavas los míos, nada tengo que ver contigo; si tu no limas mis asperezas, restañas mis heridas y enjuagas mis grietas, si tu no me envuelves con la toalla de tu misericordia y me acaricias con tu mirada de amor… nada tengo que ver contigo.

Hoy te pido una vez más, Señor: ¡Lávame!.
Lávame para poder ir contigo, para saber acompañar tu camino hacia la Pascua, levantando a los caídos, curando a los enfermos, alimentando a los hambrientos, acogiendo a los desheredados de la historia.
Lávame, Señor, para poder tener que ver contigo.
Lávame, para saber coger la toalla y el lebrillo y poder entregar con amor mis entrañas de mujer.